domingo, 3 de febrero de 2013

No entrevistábamos a los médicos, sino a los leprosos; no a los psiquiatras, sino a los locos



Enrique Symns, por Enrique Symns

Cerdos y Peces promovía el consumo de drogas y el ejercicio de la promiscuidad. Promovía la bisexualidad, la homosexualidad, el fetichismo, el sadomasoquismo consentido. Estábamos en contra de la normalidad. El que sólo cogía con su mujer era un boludo. Coger con la mujer de uno no es coger, me dijo Germán García en una entrevista.

Yo venía de España, donde había vivido desde la muerte de Franco. Venía lleno de ideas de lo que había visto allá: El víbora, Ajoblanco, El viejo topo. Ideas sobre los marginales, los putos, los violadores. Algo completamente amoral. Jorge Pistochi me llamó para que trabajara en Pan Caliente y Gabriel Levinas, que además de Pan Caliente dirigía El Porteño, me llamó para que fuera a trabajar a la revista. Le gustaba mi estilo. Entonces me propuso hacer un suplemento para El Porteño. Los redactores de la revista, Miguel Briante, Fernando Almirón y otros, se opusieron. El único que no se opuso fue Fogwill. Buscando un nombre, tiramos el I Ching y salió un hexagrama, el 61, creo, La Vida Interior, que dice que los cerdos y los peces son los animales que más resisten a la cultura del hombre. Pegó mucho la bajada que pusimos: “La revista de este sitio inmundo”. El primer número de Cerdos & Peces salió como suplemento de El Porteño en agosto del ’83; todavía estaba Bignone. En la tapa pusimos la foto de dos amigos pidiéndole fuego a un policía para prenderse un porro. “Legalizar la marihuana”, era el título. Al día siguiente nos pusieron una bomba en la redacción, dos kilos de trotyl. Salimos un año como suplemento. En abril del ’84 empezamos a salir de manera independiente. En el número tres publiqué la nota “Niños que desean a hombres que desean a niños”, con la foto de una nena desnuda, la hija del fotógrafo, abierta de piernas. Por esa nota nos clausuraron la revista, después del cuarto número. Un año más tarde el caso llegó a la Corte Suprema de Justicia, que dijo que hablar de ese tema no era delito. Volvimos a salir a partir del ’86.

—¿Qué periodismo hacía “Cerdos y Peces”?

—Es difícil definirlo. Uno construye después la teoría de lo que pasó. Ese era un momento de ruptura y de caos; no éramos muy conscientes de lo que hacíamos. En mi propia vida personal quería romper con los tabúes del sexo, quería romper con los tabúes de la droga. Ahora parece una cosa apologética, pero en aquel momento la revista era un poco el espejo en donde mirarnos. Horacio González dijo que Cerdos… no era periodismo. Lanata dijo lo mismo. Nosotros no entrevistábamos a los médicos, sino a los leprosos; no a los psiquiatras, sino a los locos. No éramos objetivos. Ser objetivo es una mierda absoluta. Es lo mismo que ser realista: es pertenecer a la orden del rey. Cerdos & Peces salió en un momento en que se rompía con una cosa vieja, que moría con la dictadura. Nosotros éramos lo más avanzado que había en el periodismo.

(“Soñar es la única actividad trascendental del cerebro humano. El pensamiento, tal cual se expresa en nuestro tiempo, es solamente la sepultura de los sueños. Hemos nacido para pelear con el mundo y derrotarlo. Lo que hoy aburre profundamente es este desfile de inteligentes espectros que visten sus frustraciones con los pensamientos de moda. No resulta enojoso el poder que se aloja en las vísceras de aquellos que lo manipulan, sino la actitud servil de los merodeadores del hedonismo” –Cerdos y Peces Nº 10, marzo de 1987–).

— Cerdos y Peces promovía el consumo de drogas y el ejercicio de la promiscuidad. Promovía la bisexualidad, la homosexualidad, el fetichismo, el sadomasoquismo consentido. Estábamos en contra de la normalidad. El que sólo cogía con su mujer era un boludo. Coger con la mujer de uno no es coger, me dijo Germán García en una entrevista. La promiscuidad estaba impulsada por el consumo de cocaína. La revista, y el rock, empezaron con la cocaína. Todos tomábamos. La cocaína produce una cosa que es una tribalización, una vuelta a la orgía, una entrega a los excesos. En la revista investigábamos esos efectos. Teníamos una frase: “al mundo no le falta techo ni comida, le falta éxtasis”. Y las drogas y el sexo promiscuo están directamente vinculados con el éxtasis. El éxtasis es vivir fuera de la cosas, fuera de sí. La angustia no tiene escape. Nos morimos sin saber lo que vivimos. Y sin embargo, el éxtasis te permite una fuga, una salida liberadora, dichosa. Era lo que buscábamos. Estábamos en contra de la moral, no en contra del capitalismo. Para nosotros, la única dictadura en la Argentina era la dictadura de la moral. Ahora parece una ridiculez. Cuando empezamos, todavía existían los edictos y la averiguación de antecedentes
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—¿En la redacción se vivía ese éxtasis?

—La redacción era un cubículo de sexo. Hubo días en que hice el amor con tres o cuatro mujeres. Lo que más buscábamos tener era sexo oral, que era lo que más nos satisfacía: no tenía compromisos, no daba hijos, no tenías que usar forro. La cocaína, el éxtasis, la marihuana, eran cosas que llegaban todos los días. Editábamos el Cocaine Herald, que decía dónde comprar cocaína barata, y dónde tener cuidado porque la vendían mala. Recomendábamos qué ácidos tomar y cuáles no. Eramos muy amigos con Fito Páez, y a Fito se lo quería agarrar todo el mundo. Pero él decía: “No, primero tienen que hacer todo con el viejo”, que es como me llamaron siempre. Así, un mismo día, tres niñas de veinte, veintidós años, me succionaron el pene. Yo llegaba a las siete de la mañana, y el cadete, que después fue el cantante de Dos Minutos, Mosca, iba al bar de la esquina y me traía una medida de vodka, dos medidas de campari y pimienta, y yo me ensartaba eso y me daba un saque. Así empezaba mi día. Fue una etapa de promiscuidad hermosa.

—¿Qué impacto tuvo el sida sobre la revista?

—Creíamos que las personas tenían derecho a vivir y a morir tal cual habían elegido. Hicimos una investigación en la que nos apoyamos en los medios que decían que el sida no existía. Para nosotros, el sida era una propaganda de la Iglesia. Nos equivocamos. Murió mucha gente, y además dejamos de tener sexo.

(“¿Cuál lucha? ¿Para mejorar la cantidad y la calidad de la alimentación de las langostas? ¿Para mejorar la educación que tanto nos ha empeorado a los que la hemos recibido? Distribuir equitativamente el alimento. ¿Y luego qué sigue? ¿Videocaseteras, paseos a Europa, sida, cohetes a la Luna y oscurecimiento de alma para todo el mundo? ¿Cómo harás para luchar por los demás sin haber luchado siquiera como un animal acorralado para proteger tu corazón mutilado?” –Cerdos y Peces Nº 20, noviembre de 1989–).

—La revista jamás intentó intervenir en el debate político –sigue Symns–. Nunca tuvimos la legalidad de la decencia. No éramos decentes. El tema de los derechos humanos nunca figuró en la Cerdosy Peces. Para nosotros, todo preso era político: lo mismo daba un preso común que un montonero encarcelado. Pero, como sostiene Proudhon: el trabajo es esclavitud, y la propiedad privada es el único delito. O sea que, en última instancia, sí teníamos una intervención política, pero en los extremos. Yo soy un paranoico esencial. Tengo una visión paranoica de pensamiento. Como dicen en la antipsiquiatría: paranoico no es el que cree que lo persiguen, sino el que sabe que lo persiguen. Para mí, la Argentina fue siempre un lugar muy fascista. El peronismo es la manifestación más sofisticada de ese virus. Es una enfermedad.

—¿Qué relación hubo entre los Redondos y “Cerdos y Peces”?

—Nacieron juntos. Yo empecé con los Redondos, en La Plata. Era una relación muy profunda, de muchísima amistad. Con el Indio Solari éramos íntimos amigos. Yo salía con la banda, como presentador, y el Indio escribía en la revista, tenía una columna. Pero todo terminó con Walter Bulacio. A Bulacio lo asesinaron, así lo reconoció la Corte Interamericana, pero ellos nunca lo aceptaron. Que había sido asesinado, y que había sido asesinado por gente que ellos mismos habían contratado para su fiesta. Pero ya habíamos tenido varios enfrentamientos: en La Plata, por un recital en el que tiraban gases y nos fajaban mientras Skay estaba solo en el escenario tocando un tema de Jimmy Hendrix. También había habido un recital en Obras, donde los pibes habían robado todo. Yo estuve preso mucho tiempo, y me había parecido que era el mayor desgarro. Sin embargo, con el tiempo esa experiencia en la cárcel me resulta simpática, me hizo bien. Dicen en la cárcel que los amigos no tienen que pelearse en público porque después se tienen que matar. Y yo cometí el error de pelearme con mis amigos en público. La ruptura con los Redondos me llevó una década sacármela de encima.

—¿Qué efectos tuvo esa ruptura sobre la revista?

—Devastadores. Me tiré en contra de los Redondos y perdí la mitad de los lectores. De vender quince, veinte mil ejemplares, pasamos a vender ocho mil. A partir de ahí siguió cayendo.

—¿Es cierto que la revista la escribía casi toda usted?

—En la última etapa, más todavía. La escribíamos entre Vera Land, que era mi secretaria y mi chica, y yo. Firmaba con muchos seudónimos. O firmaba notas como Trotsky. O Nietzsche. O firmaba como Burroughs. Inventaba todo: inventaba al reporteado, al entrevistador, y todo lo que se decía. Al revés de los que creen que el que es periodista muere como escritor, para mí todos los grandes escritores son periodistas. Ser periodista te da una cosa que es la curiosidad por la vida. Te expone a las verdaderas razones del mundo. Igual colaboraba mucha gente: Alfredo Rosso, Marcelo Gobello, Mariano del Mazo, Pablo Schanton, Batato Barea, B.Ode, Maitena, Fernando Noy, Vicente Zito Lema, Tom Lupo, Alfredo Moffat, Perlongher... Y muchísimos desconocidos que publicaban notas alucinantes o mierdas que yo ni leía. Tuvimos grandes diseñadores gráficos, como Jorge Gumier Maier. Nunca se le pagó a nadie.

(“Debe ser una conspiración espontánea la repetición constante, periódica, obsesiva de movimientos de piernas y manos y torsos cuando los cuerpos se levantan, se acuestan, corren, se agachan, agarran, dejan, lanzan, esquivan, utilizan objetos, cosas, árboles, muebles y calles y hasta otras personas para escenificar actos insignificantes que nunca dejan ver que en la cama nunca hay dos, ni en el bar veinte, ni en la calle diez mil, sino un fantasma atareado que hace todos los papeles, que corre de un lado a otro sosteniendo los átomos y los barcos, las penas y las noticias, un loco total que corre desde el escenario a la butaca para reír con su propio chiste” –Cerdos y Peces Nº 18, septiembre de 1989–).

—Uno de los momentos más significativos de la revista fue la marcha que hicimos contra la visita de Juan Pablo II, en abril de 1987 –dice Symns–. Sacamos una tapa con Gumier Maier disfrazado de Papa, con alas de vampiro, afeminado, dándole la bienvenida. En la marcha nos enfrentamos con la policía en el Obelisco, con tal mala suerte que una granada de gas lacrimógeno pegó contra un farol y le cayó en la cabeza a un comisario, con lo cual se desató una represión feroz. Nos dimos el gusto de debutar los que nunca habíamos peleado en la calle. Duró hasta el amanecer. También tengo muchos recuerdos ingratos, como el de los cadetes. Salvo Mosca, murieron todos, por inyectarse. Eran pibes hermosos, unos niños. Alfonsín fue nuestro principal enemigo; nos cerró la revista varias veces, por considerarla “un peligro de perturbación intelectual y afectiva, especialmente para menores”. Pero cada vez que nos mandaba a embolsar la revista, nos traía lectores. Menem en cambio nos ignoró, y así nos ganó la batalla. Pero la revista no podría haber seguido. Si lo hubiese hecho, hoy sería una publicación terrorista. Habría estado a favor del 11 de septiembre. Habría sido una revista nefasta. Ya su ciclo estaba terminado, por propia decadencia. Su recuerdo me produce mucho dolor, porque fue algo que se comió mi vida, y porque soy recordado por los Redondos y por la Cerdos y Peces, y no por mis otras actividades, especialmente la de escritor. Y es imposible volver. La vejez es un enemigo indestructible, es un encierro en el cerebro. Excepto para los que mienten, los que dicen que donde están ellos no está la muerte, pero en la vejez la muerte está siempre presente.

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